Hará poco más de tres años yo
era una persona rebelde a todo lo que fuera relacionado con religión.
Mi esposa en cambio, había estado buscando grupos en los que se
estudiara la Palabra de Dios y en los que ella se sintiera cómoda y a
la vez, donde pudiera aprender.
Al regreso de los servicios religiosos a los que asistía, ella
trataba de comentar conmigo algún pasaje bíblico, algún versículo o
alguna escritura en la que se basara el estudio de ese día, pero yo
estaba negativo a todo lo que fuera religión, no quería saber nada de
nada y mucho menos escuchar que me hablaran de Dios o de iglesia. A mí
que me dejaran tranquilo con mi bebida "espirituosa", mi cigarrillo y
mi televisión.
Había alquilado yo un apartamento grande y me sobrara una recámara, la cual acondicioné para poner ahí mi barra, un equipo de sonido
y una televisión con su respectivo VCR (en ese tiempo no exisatían
todavía los DVDs) y ese era mi templo en donde me encerraba y hasta me
quedaba dormido, tanto así que una noche, cuando celebraba yo sólo mi
cumpleaños número sesentitantos, se me cayó un cigarrillo al piso, me
agaché a levantarlo y cuando me enderecé, mi cabeza pegó contra el filo
de la barra, perdiendo el conocimiento durante no sé cuántas horas y
donde me encontró mi esposa la mañana siguiente, en el suelo y en medio
de un charco de sangre. Ella me llevó al hospital donde recibí más de
una docena de puntos de sutura en la cabeza.
Ese fue el final de la celebración a la que no invité a nadie, pues "no
quería gorrones" que se bebieran mi licor. Y no crean que ese
"accidente" me detuvo; no, seguí bebiendo, seguí fumando y seguí
rechazando al Señor.
¿Qué sucedió dentro de mí? Yo no sé, no podría explicarlo. Lo
que sí puedo decir a boca llena, es que sentí la necesidad de acercarme
a Dios, hoy día llevo más de tres años que no tomo alcohol ni siquiera
en jarabe para la tos y llevo más de 6 meses sin probar un cigarrillo,
hace más de dos años asisto regularmente a la Iglesia Comunidad Nueva Vida
de Melrose Park y cada día me dan ganas de aprender más y más acerca de
Dios. No cabe duda que El cambió mi vida. Entonces tengo que reconocer
que no es el destino, es la mano de Dios que nos guía por el sendero
que El nos ha marcado de antemano.