Sucedió en el "Coloso de Santa Ursula", en la capital mexicana.
Era el clásico del futbol azteca; Chivas contra el América. Yo
me encontraba en México donde había sido enviado por razones de
trabajo. Tenía yo varios amigos en la Ciudad de los Palacios y un grupo de ellos me invitó a presenciar el partido de fútbol que acaparaba la atención de todo el país en esos momentos.
Como extranjero de visita en México, debo decir que las mayores
atenciones de mi amigo y su familia eran para mí. Dos de las hijas de
mi anfitirón, dos bellas señoritas de alrededor de 20 a 23 años y unas
amiga suyas serían mis guías en el gigantesco estadio -que iba a
conocer ese domingo-. Las acompañaban dos pretendientes que aspiraban a
ser "novios" y a quienes las jóvenes no les prestaban mucha atención en
esos momentos.
Vendían unos refrescos de distintos sabores y colores, -"bolis"-
creo que se llamaban, que venían en una envoltura de plástico,
alargada, en forma de tubo, muy parecidas a los que se venden en las
tiendas hispanas que las congelan para que los niños las estén
sorbiendo y que se llaman "flavor-ice".
Como hacía calor, uno de los pretendientes de las hijas de mi
amigo, llamó al vendedor y pidió los benditos refrescos para todos..
Quiso la mala fortuna para el espléndido pretendiente, quien era fanático de las Chivas de Guadalajara,
que en el momento en que yo tenía el refresco en la mano, el América
anotara un golazo. No recuerdo si fue Zaguiño o Cuauthémoc o quien fue
quien se encontró una bola a media altura desde fuera del área grande,
que de volea y de espaldas al marco, se encunbró y mandó la bola al
puro ángulo donde el portero de las Chivas nada pudo hacer.
Siempre he sido fanático del fútbol y admiro las buenas jugadas
sin importar quién las haga. Yo salté gritando y festejando el gol,
pero inconscientemente, al tiempo que saltaba, apretaba el refresco
cuyo contenido salió como de manguera de bombero, bañando con su jugo
meloso y rojo al mismo tipo que estaba una grada más abajo y que fue
quien había invitado los refrescos. Dejo a la imaginación de Uds. lo
que aquel hombre me dijo, pero nunca se me podrá olvidar la forma en
que me miraba, se miraba la camisa manchada de rojo y me volvía a
torcer los ojos que soltaban llamas del coraje...